NUESTROS SANTOS PATRONOS

San Juan Pablo II
Santa Teresa de Calcuta
San Pío de Pietrelcina

PATRONO SAN JUAN PABLO II

FAMILIA MISIONERA EN ALIANZA DE LA CRUZ HA ELEGIDO A SUS PATRONOS POR:

EL AMOR DE SAN JUAN PABLO II A LA FAMILIA

EL PAPA DE LA FAMILIA.

De las palabras finales de su magistral documento “Familiaris consortio” (n. 86):

“¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia! Por consiguiente es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover los valores y exigencias de la familia.

A este respecto, siento el deber de pedir un empeño particular a los hijos de la Iglesia. Ellos, que mediante la fe conocen plenamente el designio maravilloso de Dios, tienen una razón de más para tomar con todo interés la realidad de la familia en este tiempo de prueba y de gracia.

Deben amar de manera particular a la familia. Se trata de una consigna concreta y exigente.

Amar a la familia significa saber estimar sus valores y posibilidades promoviéndolos siempre. Amar a la familia significa individuar los peligros y males que la amenazan, para poder superarlos. Amar a la familia significa esforzarse por crear un ambiente que favorezca su desarrollo. Finalmente, una forma eminente de amor es dar a la familia cristiana de hoy, con frecuencia tentada por el desánimo y angustiada por las dificultades crecientes, razones de confianza en sí misma, en las propias riquezas de naturaleza y gracia, en la misión que Dios le ha confiado: «Es necesario que las familias de nuestro tiempo vuelvan a remontarse más alto. Es necesario que sigan a Cristo»[182].

Corresponde también a los cristianos el deber de anunciar con alegría y convicción la «buena nueva» sobre la familia, que tiene absoluta necesidad de escuchar siempre de nuevo y de entender cada vez mejor las palabras auténticas que le revelan su identidad, sus recursos interiores, la importancia de su misión en la Ciudad de los hombres y en la de Dios.

La Iglesia conoce el camino por el que la familia puede llegar al fondo de su más íntima verdad. Este camino, que la Iglesia ha aprendido en la escuela de Cristo y en el de la historia, —interpretada a la luz del Espíritu— no lo impone, sino que siente en sí la exigencia apremiante de proponerla a todos sin temor, es más, con gran confianza y esperanza, aun sabiendo que la «buena nueva» conoce el lenguaje de la Cruz. Porque es a través de ella como la familia puede llegar a la plenitud de su ser y a la perfección del amor. Ahora, al concluir este mensaje pastoral, que quiere llamar la atención de todos sobre el cometido pesado pero atractivo de la familia cristiana, deseo invocar la protección de la Sagrada Familia (…) de Nazaret.

Por misterioso designio de Dios, en ella vivió escondido largos años el Hijo de Dios: es, pues, el prototipo y ejemplo de todas las familias cristianas. Aquella familia, única en el mundo, que transcurrió una existencia anónima y silenciosa en un pequeño pueblo de Palestina; que fue probada por la pobreza, la persecución y el exilio; que glorificó a Dios de manera incomparablemente alta y pura, no dejará de ayudar a las familias cristianas, más aún, a todas las familias del mundo, para que sean fieles a sus deberes cotidianos, para que sepan soportar las ansias y tribulaciones de la vida, abriéndose generosamente a las necesidades de los demás y cumpliendo gozosamente los planes de Dios sobre ellas.

Que San José, «hombre justo», trabajador incansable, custodio integérrimo de los tesoros a él confiados, las guarde, proteja e ilumine siempre.

Que la Virgen María, como es Madre de la Iglesia, sea también Madre de la «Iglesia doméstica» y gracias a su ayuda materna, cada familia cristiana pueda llegar a ser verdaderamente una «pequeña Iglesia», en la que se refleje y reviva el misterio de la Iglesia de Cristo. Sea ella, Esclava del Señor, ejemplo de acogida humilde y generosa de la voluntad de Dios; sea Ella, Madre Dolorosa a los pies de la Cruz, la que alivie los sufrimientos y enjugue las lágrimas de cuantos sufren por las dificultades de sus familias.

Que Cristo Señor, Rey del universo, Rey de las familias, esté presente como en Caná, en cada hogar cristiano para dar luz, alegría, serenidad y fortaleza (…)

A Cristo, a María y a José encomiendo cada familia. En sus manos y en su corazón pongo esta Exhortación: que ellos os la ofrezcan a vosotros, venerables Hermanos y amadísimos hijos, y abran vuestros corazones a la luz que el Evangelio irradia sobre cada familia”.

PATRONA SANTA TERESA DE CALCUTA

SER MISIONEROS SEGÚN MADRE SANTA TERESA DE CALCUTA

"Es verdad hijo, lo que desea la Santísima Virgen, solo hazlo entre los pobres, entendiendo que pobre es aquel que carece de amor”. (Palabras de Santa Teresa de Calcuta al Hno. Francisco María de la O, Roma 1990).

Fragmentos del discurso de la Madre Santa Teresa de Calcuta en el Desayuno de Oración Nacional en Washington, DC. el 3 de febrero de 1994.

«En el último día, Jesús dirá a los que están a su derecha: “Vengan, entren al Reino. Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, estuve enfermo y me visitaron”. Luego Jesús les dirá a los que están a su izquierda: “Apártense de mi porque tuve hambre y no me dieron de comer, tuve sed y no me dieron de beber, estuve enfermo y no me visitaron”. Ellos le preguntarán: “¿Cuándo te vimos hambriento, o sediento o enfermo y no te ayudamos?” Jesús les responderá: “Lo que dejaron de hacer por uno de éstos más pequeños, ustedes dejaron de hacérmelo a mí!”.

En los evangelios, Jesús dice claramente: “Ámense como yo los he amado”. Jesús murió en la Cruz porque eso es lo que se requería de Él para hacer un bien por todos nosotros, para salvarnos de nuestros pecados de egoísmo. Él dio todo para cumplir con la voluntad del Padre para demostrarnos que nosotros también debemos estar dispuestos a darlo todo para cumplir la voluntad de Dios, para amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado. Si no estamos dispuestos a darlo todo para hacer el bien al prójimo, el pecado todavía vive en nosotros. Es por ello que nosotros también debemos dar hasta que duela. No es suficiente que digamos “Amo a Dios”. Tengo también que amar a mi prójimo. San Juan nos advierte que somos mentirosos si decimos que amamos a Dios y no amamos a nuestro prójimo.

¿Cómo se puede amar a Dios, a quien no se ve, si no amas a tu prójimo a quien puedes ver, puedes tocar, y con quién vives? Por lo tanto, es muy importante entender que amar, para que sea verdadero amor, tiene que doler. Debo estar dispuesto a darlo todo, lo que sea para no hacerle daño a la gente y, de hecho, para hacerle el bien. Esto requiere que yo esté dispuesto a dar hasta que duela. De otro modo, no hay verdadero amor en mí y por ende, en lugar de traer buenas noticias, le traigo injusticia, y no traigo paz a los que están a mi alrededor. A Jesús le dolió amarnos.

Hemos sido creados a Su imagen para cosas mucho más grandes, amar y ser amados. Debemos “vestirnos de Cristo” como dicen las Escrituras. Por eso, hemos sido creados para amar y ser amados, Dios se hizo hombre, comprobamos que podemos amar de la misma manera que Él nos amó. Jesús se hace el hambriento, el desnudo, el desamparado, el rechazado, y nos dice, “me lo hicieron a mí”. En el último día Él le dirá a los de su derecha: “Lo que hicieron a uno de mis pequeños, me lo hicieron a Mi” y también dirá a los de su izquierda: “Lo que dejaron de hacer a uno de mis pequeños, me lo dejaron de hacer a Mí”.

Cuando Jesús moría en la cruz, dijo: “Tengo sed”. Jesús está sediento por su amor, esta es la sed de todos, pobres y ricos. Todos estamos sedientos por el amor de otros, ver que alguien vaya fuera de su camino no solo para dejarnos de hacer un daño sino al contrario para hacernos un bien. Este es el significado del verdadero amor, dar hasta que duela.

Me sorprendió ver en el Occidente, que tantos jóvenes se entregan a las drogas. Yo he tratado de averiguar por qué. ¿Por qué en el Occidente son así, si tienen muchísimo más que los de Oriente? La respuesta fue: “Porque no hay nadie en sus familias para recibirlos”. Nuestros hijos dependen de nosotros para todo, su salud, su nutrición, su seguridad, el conocer y el amar a Dios. Por todo esto, ellos nos miran con confianza, esperanza y expectativa.

Siento que el mayor destructor de la paz hoy en día es el aborto, porque es la guerra en contra de los niños, el asesinato directo de los inocentes, asesinato de la madre en contra de sí misma.

Por lo tanto el aborto solo lleva a más abortos. Cualquier país que acepte el aborto, no le enseña a su gente a amar, sino a utilizar violencia para recibir lo que quieran. Es por esto que el mayor destructor del amor y de la paz es el aborto.

¿Pero qué es lo que Dios nos dice? Él dice: “Aunque la madre olvidase a su hijo, Yo no te olvidaría. Te he grabado en la palma de mi mano”. Todos estamos grabados en la palma de sus manos; el niño que fue abortado, también está grabado en la palma de su mano desde el momento de la concepción y es llamado, por Dios, para amar y ser amado, no solo ahora en esta vida, sino para siempre. Dios no nos olvida nunca.

Hay demasiado odio, demasiada miseria, y con nuestras oraciones, con nuestros sacrificios comenzamos desde el hogar. El amor comienza en casa, y no es cuánto hacemos, sino cuánto amor ponemos en lo que hacemos.

Desde aquí, un aviso de cuidar a los más débiles, a los no nacidos, debe salir hacia el mundo. Si ustedes se convierten en un faro ardiente de justicia y paz en el mundo, entonces verdaderamente serán fieles a lo que los fundadores de este país representaban. Que Dios los bendiga!».

PATRONO SAN PÍO DE PIETRELCINA

EL CAMINO DE LA CRUZ, SEGÚN EL PADRE PÍO

EL AMOR DE SAN JUAN PABLO II A LA FAMILIA

El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan -para nosotros- es fuerza de Dios (1ra. Carta a los Corintios: 1,18-24).

“No te dejes intimidar por la cruz. La prueba más segura de amor consiste en el sufrimiento por el ser querido, y si Dios sufrió tanto por amor, el dolor que sufrimos por Él llega a ser tan adorable como el amor por sí mismo” PADRE PÍO (07/14/1914).

Ante todo, el camino de la cruz es el único que deben seguir todos los que quieran buscar sinceramente a Dios como discípulos de Cristo. No existe otro para alcanzar la santificación y la salvación. La cruz es el carné de identidad del cristiano, el sello de su autenticidad y «la divisa»13 de los seguidores de Jesucristo, Verbo encarnado, como la define el padre Pío en una carta.

La cruz es el único camino de salvación para los hombres y deben recorrerlo hasta el fondo sobre todo los que han sido llamados a una realización más íntima y perfecta de los misterios de Cristo. Esta es la doctrina evangélica, según el santo de Pietrelcina: «El grano de trigo no da fruto si no sufre, descomponiéndose; así las almas necesitan la prueba del dolor para quedar purificadas»14. «Para llegar a nuestro último fin es preciso seguir al jefe divino, el cual no quiere llevar al alma por ninguna otra senda que no sea la que él recorrió, es decir, la de la abnegación y la cruz».

La cruz, en la vida del cristiano ocupa un lugar central; y el estigmatizado San Pío de Pietrelcina lo comprendió, vivió y propuso. Nunca presentó un programa científicamente elaborado, pero tenía ideas muy claras sobre el plan salvífico de Dios, que gira en torno a la Cruz de Cristo redentor. Había penetrado y sondeado profundamente las riquezas del misterio de la cruz, «necedad para los que se pierden, mas para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios» (1 Cor 1,18).

Esta gracia se concede a los que están llamados a una realización más íntima del ideal de la perfección. Las almas que están llamadas a seguir este camino deben convencerse de que es Dios quien las ha elegido con amor para seguir una senda humanamente tan incómoda y sin atractivos, como el padre Pío nunca deja de notar.

En sus enseñanzas, el santo capuchino estigmatizado no ocultaba ni subestimaba las dificultades del camino emprendido. Conocía bien las angustias, las interminables horas de una lucha que resultaba más peligrosa por la posible derrota. Por eso, se preocupaba siempre de hacer a los demás conscientes de los frutos del sufrimiento aceptado y compartido con Cristo, siguiendo la exhortación paulina: «Soporta las fatigas conmigo, como un buen soldado de Cristo Jesús» (2 Tim 2,3).

El padre Pío encontraba fórmulas claras y sinceras, expresiones accesibles a todos, argumentos convincentes para recorrer el difícil camino del Calvario hasta unirse para siempre con Cristo en la gloria del Tabor. Sabía y repetía que el dolor no es apetecible de por sí, y que la naturaleza humana lo rechaza instintivamente como contrario a la felicidad. El cristiano lo acepta por motivos teológicos y sobrenaturales. Se esforzaba por hacer que las almas atribuladas lo comprendieran.

En la espiritualidad del padre Pío, el sufrimiento no es castigo, sino amor finísimo de Dios. Lo que ordinariamente aumenta la intensidad del dolor moral es la tentación, sutil, que lleva a las almas a creer que sus sufrimientos son un castigo infligido por Dios a causa de la infidelidad, una prueba más del mal estado de su conciencia y una demostración de que se han salido del camino recto de la salvación y la santificación. En estos casos, corresponde al director espiritual hacerles comprender que el estado que atraviesan no es ni castigo por las faltas o infidelidades, ni expiación por los propios pecados desconocidos, ni una venganza de la justicia divina. Al contrario, es una prueba del amor de predilección a las almas privilegiadas, elegidas para compartir los misterios dolorosos del Redentor.

Todo lo que hemos dicho puede ayudarnos a conocer al padre Pío en cuanto hombre de la cruz. El gran mensaje de san Pío, más urgente que nunca, introduce precisamente en este aspecto: una teología de la cruz iluminada por el esplendor de la Resurrección.

El texto anterior fue tomado del siguiente link:
http://www.franciscanos.org/santoral/piopietrelcina4.htm